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sábado, 12 de septiembre de 2009

El pianista de jazz/ y 3

Pero una noche no llegó, él tocaba sin dejar de mirar hacia la puerta, no
lograba concentrarse en la música, en su jazz, ni siquiera "Misty", ni
"Round midnight" lograron que su pensamiento se apartara de ella
¿por que no ha venido?.

Dejó pasar varios días y decidió acercarse hasta su casa, tocó pero no
hubo respuesta, siguió insistiendo con fuerza, nada. Probó en el aparta-
mento de al lado, perdón, pregunto por Helena, soy un amigo, hace dias
que no se de ella y estoy preocupado, tal vez usted pueda ayudarme.

¿Eres el pianista de jazz? sí, sí, tengo algo para ti. Le entregó un sobre,
me dijo que te lo diera, que vendrías, que preguntarías por ella y que te
lo entregara. ¿Pero.... y Helena, donde está? murió hace menos de una
semana, demasiadas píldoras, una mezcla explosiva, la policía, la ambu-
lancia, no se pudo hacer nada, lo siento.

Volvió al bar, con su público, perdedores, frustrados, borrachos, pidió
un negroni, su bebida. Bebió un sorbo, lo colocó encima del piano y apoyó
el sobre en el vaso, tocó su canción sin dejar de mirar aquel papel que solo
ponía: El pianista de jazz, ni siquiera recordaba su nombre, tal vez nunca
se lo preguntó, quizás no se lo dijo. Terminó la pieza, apuró el vaso hasta
el final, abrió la carta, un papel blanco doblado a la mitad, con olor a su
perfume, lo desplegó, solo dos palabras: Amigo, gracias...

Pidió otro negroni, guardó la carta y salió, necesitaba respirar, alli dentro
se ahogaba, el aire era helado pero no importaba, iba paseando, dando
pequeños sorbos a su bebida, llegó al puente, miró al río, con sus negras,
gélidas pero apacibles aguas que tarareaban "In a sentimental mood",
su canción, sacó la carta, leyó de nuevo aquellas dos palabras, olió su
perfume, cerró los ojos y dejó que el río le acogiera en un abrazo
frío, eterno.......

M.A.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El pianista de jazz/ 2

¿Podrías tocar "In a sentimental mood"? levantó la vista y la vió, con su
vaso de negroni en la mano, bebiéndolo a pequeños sorbos como si temie-
ra que se le acabase. Terminó "On Green Dolphin Street" y tocó lo que ella
le había pedido. A cada nota, las lágrimas caían por aquel rostro que nada
decía. Él la miraba de reojo, sin atreverse a preguntar por que lloraba.

Al terminar la canción, ella le sonrió, le dio las gracias y volvió a la barra,
allí la veía sentada durante horas, hasta que el efecto de los negroni
hacía que apoyara su cabeza y se quedara dormida.

¡Despierte! es hora de cerrar, le gritó el dueño del bar mientras le sacudía
por el hombro. Ella le miró e intentó levantarse, tarea bastante difícil
porque el alcohol aún permanecía en su cabeza y en sus piernas, pero
cogía su bolso, levantaba la cara y dando tumbos se dirigía a la salida.

Allí, por fuera del bar, casi en la calle, seguía cuando el pianista la vio.
¿Espera por alguién? ¿le busco un taxi?, no, no, voy caminando a casa,
me gusta pasear. El se despidió y siguió andando, de vez en cuanto giraba
la cabeza y veía que ella estaba en el mismo sitio, por lo que volvió sobre
sus pasos, ¿sabe como llegar a su casa? ¿quiere que le acompañe?.

Y así dio comienzo un favor que se convirtió en costumbre, cada noche
igual, caminar en silencio, nada que hablar, nada que preguntar. Dos per-
sonas que hacían un mismo recorrido sin querer saber que sería de sus
vidas, sin pensar en el mañana.

Atravesaban el puente, donde ella siempre se paraba unos minutos a con-
templar el río. Me llamo Helena, le dijo una noche mientras apoyaba los
brazos en la baranda y miraba aquella agua tan oscura, me gustan los ríos,
me llevan a mi niñez, me dan paz.

La dejaba en la casa, esperaba pacientemente que entrara, buenas no-
ches......, buenas noches....

Su vida se había convertido en un ritual, tocar, dedicarle su canción,
ayudarle a salir del bar, parar en el puente, acompañarla a casa, cada día
igual, sin atreverse a preguntarle nada porque sabía que ella nada le diría.

Pero una noche no llegó, él tocaba sin dejar de mirar hacia .......................

(Continuará mañana...)

M.A.

jueves, 10 de septiembre de 2009

El pianista de jazz

Creció a la sombra de los grandes del jazz, Oscar Peterson, Bill Evans.
Le dormían meciéndole con la música de Count Basie o Kenny Barron,
asi que el jazz era su mundo desde que nació.

Cuando su madre comprendió la pasión que el niño sentía por la música
decidió que tomara clases de piano. Representaría un gran sacrificio por-
que el dinero escaseaba en esa casa, pero trabajaría más si fuese necesa-
rio y así lo hizo. Más casas que limpiar, más horas dejándose la piel entre
cubos de lejía y detergente, pero no le importaba, su hijo era su vida.

El padre se opuso desde el principio, aquello era una pérdida de tiempo y
dinero, tocar el piano no era un trabajo. Quería que trabajara en la misma
fábrica que su familia, ese sí era un trabajo digno, de hombres.

Pero ella no escuchaba, solo veía con orgullo aquellas manitas que se
deslizaban por las teclas blancas y negras de aquel piano tan grande.
Debían atravesar media ciudad para ir a clase, dos autobuses de ida y dos
de vuelta, estaba agotada, pero nada importaba, su hijo era feliz y ella también.

Años de aprendizaje, horas y horas de prácticas, partituras que ya se sa-
bía de memoria y sus escapadas al jazz que era lo que mas le gustaba.
Tocar como Lionel Hampton, Duke Ellington era todo cuanto deseaba. No
tengo nada más que enseñarte, le dijo su profesor, ahora te toca vivir de la
música y no olvides nunca disfrutar con cada nota que toques, siéntela, vívela.

Pero vivir de la música era difícil, se presentó a todas las audiciones, in-
tentó entrar en orquestas, bandas, grupos, pero la competencia era feroz.
Lo has hecho muy bien, ya te llamaremos, era la frase que él y tantos otros
oían casi a diario. Tenía que practicar y en casa no había piano, así que
aceptó un trabajo nocturno en un bar de escasa reputación.

Comenzaba su actuación recordando a George Gershwin y su Rhapsody
in blue. De vez en cuando levantaba la vista del teclado y veía a su público,
gente que apenas hablaba, de miradas perdidas, sin otra ilusión que ir a
aquel barucho al terminar la jornada para evadirse entre humo, alcohol y
jazz, ese era su público.

¿Podrías tocar In a sentimental mood? levantó la vista y la vió..................

(Continuará mañana...)

M.A.